¡Mosca con el agua!
Hace una semana tuve que ir al Centro a cambiar unos zapatos. A pesar de que trabajo allí, no resulta fácil tratar de hacer un cambio o una compra en día de semana, con todo el gentío reclamando atención, y el tiempo contado para regresar a la oficina.
Aprovechando que fui temprano, decidí pasear por más sitios de los que puedo visitar en días laborales, en especial por aquellos que no podría visitar en tacones porque un trabajo municipal reventó todos las aceras por las que uno debería caminar. Claro, en zapatos bajos es más sencillo aventurarse, así que no perdí tiempo.
Al llegar al paseo entre Madrices y Marrón, recordé mil veces anteriores en las que iba con mi mami a comprar losútiles o a buscar cosas curiosas en los chinos… pero esta vez encontré un sitio cambiado, feo, deteriorado y roto. La acera estaba fragmentada, y lo que hacía más complicado camniar por allí era el hecho de que no habían retirado los pedazos. Claro, se veía mejor que en diciembre, cuando todavía había tantos buhoneros que resultaba imposible encontrar las tiendas.
Pero tampoco era un sueño libre de vendedores ambulantes: había muchísimos buhoneros, sólo que ahora estaban a la antigua usanza, con puestos improvisados, exhibiendo su mercadería sobre sábanas y manteles plásticos. Habían desaparecido las estructuras metálicas, los toldos, los techos y las mesas: ahora estaban extendidos a lo largo de calzadas destrozadas, en el piso.
Mientras subía y bajaba por la cuadra tratando de encontrar unas medias, me preguntaba cómo habíamos llegado a esto otra vez, cuando en enero habíamos amanecido cin un solo buhonero. Y fue entonces cuando ocurrió: los buhoneros empezaron a gritar ¡Agua! ¡Viene el agua!
La conmoción fue tal que lo primero que pensé fue que tenía la mala suerte de haber dejado el paraguas en un día con el cielo gris, pero después vi un movimiento inusual: cada vendedor agarró por las cuatro puntas, levantando la mercancía en un paquete inestable que se echaban sobre el hombro. Atrás resonaban los gritos de ¡Cuidado con el agua! mientras que una vendedora novata estaba enredada con las puntas de su mantel y una veterana le amarraba las cuatro puntas con una sola mano mientras le explicaba: las pones todas juntas, pero cuidado que no se te caiga nada por debajo.
Ante el caos, sentí miedo y empecé a subir por la cuadra, y en mi camino me crucé con la razón del desasosiego: cuatro policías se dirigían hacia allá, balanceando sus rolos como si estuvieran de paseo, a paso lento y juguetón, sabiendo que el ritmo que llevaban era el ideal para darles tiempo a los buhoneros para recoger. Era la típica actitud de “no te quiero agarrar”, pero con la confianza de que estaban haciendo su trabajo. Esa era toda el agua que venía. Nunca llovió. Y en una hora, podías encontrar nuevamente muchos buhoneros de Madrices a Marrón.


La semana pasada el frío se acabó. Fue una oferta promocional muy larga, porque antes el frío apenas llegaba a enero. Pero esta ola helada, producto del cambio climático, duró más de lo que estábamos esperando y justo cuando los caraqueños nos acostumbramos a estar abrigados, acurrucados y arropaditos, se abrió el cielo para mandarnos el solazo de Semana Santa.
Qué pena con
Si hoy en día las páginas web fueran tan complicadas como antes, uno lo entendería. Pero hoy todo el mundo tiene acceso a herramientas que hacen más sencilla la administración de un site.
Cuaimas es lo que sobra en el mundo, en especial de esas que le forman un lío al marido, novio o pechugo en el carro, en el metrobús, en lugares públicos o en la intimidad. Pero lo que vi ayer fue sorprendente: la cuaima mayor que iba de parrillera en una moto, cayéndole a gritos al hombre a lo largo del recorrido. 



